La infancia es ya una nebulosa. Una densidad que se agranda a medida que doy pasos hacia el otro extremo. Hacia la otra parte de la cuerda. Ahora creo, no sin cierto optimismo, que estoy en la mitad. Igual de lejos del principio que del final. ¿Qué fue el principio? Un callejón sucio junto a un colegio. Un tejar de palabras ajenas. Un balón, siempre un balón en los pies. Un paseo con una fuente de agua muy fría. Un tejado frágil lleno de objetos. La luz grande apagándose en el cine. Una vespa llena de barro. Una abuela, sí, una abuela que duele siempre en lo más alto. El principio es eso. Una operación. Una bola de gasa olvidada en la garganta. Una manía. Una superación. Un fogonazo de duda. La certeza de la muerte. Una mujer arrojándose al vacío un verano cualquiera.

La adolescencia es ya solo una cabina. Un número. Un descubrimiento. Un pinchazo crepuscular en el estómago. Una sequedad. El primer libro crepitando entre las manos. La desaparición del abuelo. Un año: 1993. O 1994. El escalofrío. Las palomas en la azotea. La confusión. La amistad demasiado fuerte. La sensación de estar muy vivo. La noche durmiendo a tu lado. El mar como una fiera rugiendo en la cama. La caricia lenta, desaparecida. Tanto horizonte. Tanto camino. Tanto tiempo azul por delante.

La juventud es ya una velocidad. Una colección de tardes desubicadas. Un adiós. Otro adiós. La luz de la universidad. La cochera con olor a periódicos. A gasolina de aquel coche rojo de los domingos. Los primeros viajes. Roma. Praga. Los cien kilómetros de ida y los cien de la vuelta del primer trabajo. Los sueños intactos. Inabarcables. El éxito a cámara lenta en la caverna. Los rostros. Las sonrisas sin tiempo danzando ahí para siempre. En un lugar que se ha escapado. Que se está siempre escapando, que se está siempre alejando.

Ahora es esto. La serenidad. El amor infinito. Los padres vivos. El niño enérgico. La libertad verdadera. Las ganas de escribir. De leer y escribir para ti mismo. Sin grandes metas. Leer y escribir para tener otra mirada. Y no saber ni siquiera cómo explicarlo. Cómo contarlo bien a alguien. El tacto de la portada de un libro. El aroma de algunas hojas. La emoción del libro nuevo. Del título esperado. Estas ganas de seguir. De seguir así, antes de entrar en el invierno. Antes de poner un pie y luego el otro pie en el filo de lo incierto. Antes de tener que seguir mucho más escribiendo…

Escribo o he escrito en Altair Magazine, El Asombrario, El Estado Mental, La Opinión de Málaga, Aleteia, Culturamas, Revista de Letras…