Muertos de risa

Muertos de risa

Mi vida saltó por los aires el día que conseguí escribir la palabra Nietzsche de un tirón. La dibujé a lápiz en la pared de la escalera entre el bajo y el primero, justo donde decía George Perec que resonaba “lejana y regular la vida de la casa” y cruzaba la gente casi sin verse. Después de observar la palabra un rato, rocé con la punta de los dedos su epidermis de esperanto y recorrí despacio el skyline de aquel archipiélago de consonantes, aquella fiesta de letras donde uno se tendería boca arriba y vería pasar los próximos veranos, solo o con la novia de siempre, que nunca es la misma.

Empecé a pensar entonces que podía ser alguien en este mundo, un monógamo sucesivo que además de escribir Nietzsche con los ojos cerrados pudiera sorprenderme una tarde escribiendo también Hitchcock y Truffaut, y luego darle la vuelta a esas palabras como a un calcetín recién lavado, con la idea de explorar si detrás de ellas pudiera haber algún pasadizo por el que escapar, un jardín de senderos que se bifurcasen y me permitieran atravesar la ciudad natal. La hojalata de la tradición. El rumor constante de los discursos vacíos, espesos, que no despegan nunca. Los círculos concéntricos de la cháchara, trufada de autocomplacencia, que levita zombi entre una halitosis de lodo verbal y gamba de feria.

Uno se apergamina si no supera la ciudad natal. Se vicia si no desconcha el muro de su calle Rimbaud. Si no pulveriza los recuerdos de infancia. Aquel tejar en forma de oruga de camino a la escuela. Si no le prende un mixto al álbum familiar. A la droguería del barrio. A la cochera con jazminero salvaje donde la vecina Isabelita ordenaba los libros del Círculo de Lectores.

En la ciudad natal me muero yo todos los días de risa viendo como vamos hacia atrás, como vamos lentamente otra vez hacia el siglo 19, sin darnos cuenta, sin que nadie ponga remedio. Vamos todos, cogidos de la mano, a la hoguera de la involución, eso sí, con una sonrisa, con un esbozo de zombi en los labios, como si no fuera con nosotros, como hemos hecho toda la vida aquí, en la ciudad natal, que es la ciudad natal mía y de cualquiera. La ciudad natal de todos, de todos los muertos de risa.

 

(Publicado en Krakens y Sirena)

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