Hoteles literarios

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13. En un banco cogidos de la mano

“Si por aquel entonces alguien me hubiese hablado de falta de sentido, yo me habría burlado de él, porque yo me sentía libre y el mundo estaba abierto a mi alrededor, repleto de significado, desde los trenes que se deslizaban resplandecientes y futuristas sobre Slussen, hasta el que pintaba de rojo los chapiteles de Ridderholmen en las puestas de sol que recordaban al siglo XIX y que eran hermosas y siniestras, y que yo presenciaba cada noche durante aquellos meses, al olor a albahaca fresca y sabor a tomates maduros, al sonido de tacones traqueteantes sobre los adoquines de la cuesta que bajaba al Hotel Hilton una noche en que estábamos sentados en un banco cogidos de la mano, sabiendo que nos pertenecíamos el uno al otro para siempre”. (Un hombre enamorado. K. O. Knausgard).

12. Un verano en Marienbad

“Sí, me dijo con voz ya débil por el cansancio, en aquella época, en verano de 1938, fuimos todos juntos a Marienbad, Agáta, Maximilian, ella misma y yo. Los huéspedes del balneario, obesos o demasiado flacos, que se movían por las instalaciones de forma extrañamente lenta, irradiaban, como dijo Agáta una vez de pasada, algo extraordinariamente pacífico. Nos alojábamos en la doble pensión Osborne-Balmoral, inmediatamente detrás del Hotel Palace. Por las mañanas íbamos casi siempre a los baños, y por las tardes paseábamos interminablemente por los alrededores. Yo no tenía de aquella estancia veraniega, en la que contaba cuatro años de edad, ninguna clase de recuerdo, dijo Austerlitz, y quizá fue eso por lo que, más tarde, a finales de 1972, precisamente allí, en Marienbad, no sentí más que un terror ciego ante el mejor giro que quería tomar entonces mi vida”. (Austerlitz. W. G. Sebald).

11. El hotel de siempre

“Obviamente salí a buscarla por toda la ciudad, especie de caminata dostoievskiana que culminó en la esquina del hotel al que íbamos siempre. Luego, al regresar hacia la costa frente al edificio de los balcones colgantes, la vi nuevamente cruzando, vestida de blanco y como ausente. Moraleja: ella existía para mí durante todos los momentos del día desde que se fue, verla era secundario. Yo había “dejado de ser” para ella desde el momento en que se fue: era lógico que hoy ella mirara “a través de mí”, sin verme, como si yo fuera una silla o un árbol, porque yo estaba hundido en la contingencia, ya que ella había decidido casarse y tenía con el mundo una relación “necesaria”. A la inversa, para mí, de ella, lo que importaba era su presencia en mí”. (Los diarios de Emiio Renzi. Ricardo Piglia)

10. Luna de miel

“Al terminarse la ceremonia fuimos en coche al hotel de Pebble Beach. Había cosas para picar, champán y una terraza que daba al Pacífico: todo muy sencillo. A modo de luna de miel pasamos unas noches en un bungalow del San Ysidro Ranch de Montecito y después, aburridos, nos escapamos al Bervely Hills Hotel. El día de la boda de Quintana yo me acordé de la mía. La boda de ellas también fue sencilla. Llevaba un vestido largo y blanco con velo y zapatos caros, pero se había recogido el pelo en una gruesa trenza que le caía por la espalda, igual que lo había llevado de niña”. (El año del pensamiento mágico. Joan Didion)

9. Rolling Stone

“Cuando llego a un hotel de lujo, me invade el síndrome Rolling Stone. Quisiera saltar sobre la cama king size, beberme de golpe el mini bar, tirar los papeles de las chocolatinas al suelo y usar todas las toallas, una por una, tontamente. Desenfundar una guitarra eléctrica, romper con ella el cristal de la ventana y tocar algo furioso en pelotas con vistas a una plaza muy frecuentada…Salir a la calle y elegir a un hombre cualquiera que se parezca a Edward Norton. Llevármelo a mi suite, devolverlo a su vida tras hacerme feliz. Tragar Champán. Tragar gin tonic. Tragar. Todo menos esnifarme a mi abuela. Los convencionalismos de la educación/cultura llegan hasta donde el instinto animal sigue haciendo de las suyas”.  (La vida en cinco minutos. Virginia Galvín)

8. Cuchillas 

“Compré cuchillas en Boots y fui deambulando hasta encontrar el tipo de hotel en el que te entrarían ganas de suicidarte aunque fueras superfeliz al llegar. La noche me costó cuarenta libras, todo lo que me quedaba en efectivo. Llené la bañera con el agua caliente que podía soportar, coloqué las cuchillas y las toallas, me devestí y me senté en la cama. Por primera vez desde hacía meses pude respirar. Estaba solo, nadie sabía dónde me encontraba, no había experimentado tal tranquilidad desde hacía años. Dormí unas horas. un sueño reparador, como debe ser, no provocado por compuestos químicos sino sosegado, completamente vestido, sin espasmos en los músculos, sin que la cabeza me diera vueltas”. (Instrumental. James Rhodes)

7. Manuel Rivas y un capo gallego…

“Es probable que “Sito Carnicero” haya inspirado la figura de Mariscal, protagonista de la novela Todo es silencio, del escritor gallego Manuel Rivas, en la que se retrata el mundo del contrabando y posterior narcotráfico en Galicia. A Manuel lo cogió “Sito” del cuello en las navidades de 1983, cuando el escritor -entonces en el rol de periodista- se presentó en el hotel donde el capo se alojaba fugado de la justicia e intentó hacerle unas preguntas. Mientras lo mantenía en el aire, “Sito” recomendó a un Rivas con claras dificultades para respirar que se fuera por donde había venido si no quería ir a parar al fondo de un barranco”. (Fariña. Nacho Carretero)

6. Un pequeño hotel de Londres…

“A veces aparecía Espinoza, otras veces Pelletier, y en algunas ocasiones aparecían ambos. Cuando esto sucedía solían alojarse en el hotel de siempre, un hotel pequeño e incómodo en Foley Street, cerca del Middlesex Hospital. Cuando abandonaban la casa de Norton, a veces solían dar un paseo por los alrededores del hotel, generalmente silenciosos, frustrados, de alguna forma agotados por la simpatía y el encanto que se obligaban a desplegar durante estas visitas conjuntas. En no pocas ocasiones se quedaban quietos, detenidos junto al farol de la esquina, observando a las ambulancias que entraban o salían del hospital. Los enfermeros ingleses hablaban a gritos, aunque el sonido de sus vozarrones les llegaba en sordina”. (Roberto Bolaño. 2666)

5. Te sacás los zapatos…

“El mecanismo es simple: buscás el hotel, llegás al hotel, entrás en el hotel. Antes que nada, te hacen sacarte los zapatos: te sacás los zapatos y pedís un lugar -porque no sabés cómo llamarlo, no es una habitación pero tampoco estaría bien llamarlo nicho. Entonces te dan una llave, te dice que dejes toda tu ropa en el armario de esa llave, que te pongas la bata. Embatado, descalzo, bajás por escalera con alfombra hasta el piso del baño comunal: quince o veinte japoneses en pelotas lavándose hasta el último pecado con duchitas antes de meterse en la inmensa bañera de agua muy caliente. Retozás, entonces, en la bañera, entre cuerpos japoneses relajados, distantes -tímido te movés, casi nada, sin saber cómo tendrías que hacerlo. Igual te miran”. (Martín Caparrós. Lacrónica)

4. París para ella…

“Inma había visto un hotel en París que no salía demasiado caro y le propuso que al día siguiente, ya sin Álvaro, buscasen un vuelo. Podía hablar con ella justo antes. Tenía que hablar con ella. La salvación o el fin. París. No podía condenarla a que París fuese el viaje de un cobarde, de un traidor. Terminar antes era ofrecerle París para ella. Para cualquier ocasión que ella eligiese. Terminar era liberar París para ella, que nunca relacionase la ciudad con un final. Cuando Jaime acabó de darle la comida, Álvaro quiso irse con Inma. Se durmió en sus brazos. Se miraron un rato en silencio. Acomodaron al niño en el cochecito y comieron. La seguridad, el asidero que producía la presencia de Álvaro. Inma le preguntó si prefería estar a solas con él, en ese caso podía irse y reunirse con ellos más tarde, en la casa, sin problemas.” (Pablo Aranda. El protegido)

3. Hoteles tristes…

“Mi primer hotel para tirar estaba al lado de mi casa, en la Avenida San Felipe, cerca del Canal 2, el mismo donde, tiempo después, Sendero Luminoso haría explotar una bomba, y frente al cine de barrio en el que vi por primera vez Pulp Fiction. A los dieciséis años, entrar por primera vez a un hotel para tirar era casi tan importante como entrar en la universidad después de varios intentos. Estar a solas en una cama, bajo un techo y detrás una puerta, eran altas aspiraciones para una menor de edad que solía tener sexo en las escaleras de los edificios del conjunto habitacional donde vivía con sus padres y con más miedo a ser descubierta una maña de colegio desnuda en su cama de niña y envuelta en una nube de marihuana que a las bombas de los terroristas. Aún no tenía derecho a llevar la llave de casa, quizá por eso, de mi primer hotel recuerdo el peso del llavero de vieja madera de mi bolsillo y la forma en que colgaba de la cerradura por dentro.” (Gabriela Wiener. Llamada perdida)

2. Pavese en Turín… 

“Necesitado de refugio, como cualquier forastero, elige el hotel Roma, cuya fachada amarilla, de amplios arcos, se extiende a lo largo de la Piazza Carlo Felice. Es un extranjero en su ciudad. En cierto sentido, un polizonte de su propia vida. Cuando entra, mira a su alrededor sin soltar la maleta, como si en realidad se estuviese yendo, en lugar de llegar. No tiene claro todavía que vaya a hospedarse aquí. El vestíbulo es amplio pero austero. Apenas hay muebles, salvo una mesita con dos sillones, dos radiadores en la pared y un gran espejo con pequeñas manchas negras. Todo parece de otra época. La escalera que conduce a los pisos superiores tiene una balaustrada metálica, de color dorado, aunque deteriorada por los años. El suelo está cubierto de moqueta roja. A la derecha hay un mostrador de madera, y tras él, un hombre de baja estatura y calvo. Sus orejas, enormes, escuchan ecos de sonidos que aún no se han producido. Abandona la lectura del periódico, que lo tenía absorto.” (Juan Tallón. Fin de poema)

1. Lobo Antunes…

“Unas horas después, me enteré casualmente de que Lobo Antunes había dejado ya el hotel y de que el 2 había sido el número de su habitación. Para llegar a ese cuarto había que cruzar el jardín interior, pues estaba -como en otra ocasión lo había estado el mío- en la parte trasera del edificio del hotel, dando a la espalda a la rue Vaneau. En compensación, las de esa zona eran habitaciones más espaciosas. Decidí, aun sabiendo que él ya no estaba (o precisamente por eso), escribirle una carta breve, introducirla en un sobre y deslizarla, lo más sigilosamente posible, por debajo de la que había sido su puerta. Seguramente los del hotel pasarían el mensaje a Christian Bourgois-éditeur, que lo remitiría a Lisboa, donde Lobo Antunes acabaría leyéndolo, extrañado; tal vez lo leería en el Hospital Miguel Bombarda. ¿Por qué deseaba yo hacer algo así? Por pura desesperación, seguramente. Era como si buscara pedirle auxilio al antiguo doctor en psiquiatría.” (Enrique Vila-Matas. Doctor Pasavento)

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